lunes, 15 de diciembre de 2008

Más tarde, que nunca

Acabo de aterrizar en mi cuarto. No recuerdo cómo lo dejé pero supongo que los libros desperdigados a mi lado son los mismos. La cama continúa alborotada como todas las mañanas, tardes y algunas noches, antes y después de mis luchas con fantasmas. No encuentro almohada, y nadie me recibió. Qué importa. Si fueron insulsas las pocas razones que me trajeron de vuelta. Dinero, un baño, mis sienes que ya respiraban solas. Y me resulta cómico el haber tolerado las inclemencias del sol con tanta gallardía, pues huí a los brazos ardientes de ese ambiente porque soy un cobarde con mochila verde. ¿El verde? Esperanza. La que abandoné aquí, y encontré por miríadas por allá. Sí. Muy abstraído entre los bufos de ovejas pequeñas, arañas aún más pequeñas, en contraste con un explorador ataviado de dudas y de una cámara que rodaba y rodaba por las cuestas, en mi muñeca, y de una cabeza que rodaba y rodaba, sobre el eje de las comisuras de unos párpados, parte del todo que ilustra la razón primaria de mi fuga atolondrada.

Marchando como una hormiga expulsada, como un cangrejo ebrio pues tambaleaba en ambos costados, irrumpí en un trecho algo accidentado, aunque qué no representa un accidente cuando la sorpresa destapa la boca atajando el acondicionamiento. El asunto es que deposité los cachivaches que llevaba y llevo dentro, intentando ordenarlos por temperamento, pues del abecedario salté y me estanqué en una letra, que supongo sabes cuál fue. Sí. Te escribo a ti. Por lo que ya no soy tan egoísta. Supongo que sin quererlo me enseñaste a compartir, y a compartir con el resto que va más allá de la noche lunática.

Con partir no buscaba una solución, supongo que alguna oportunidad de demostrarle a mis veinte años que no soy tan esclavo como los planetas a una fuerza gravitatoria, ni tan iluso de suponer que andar cogidos de las manos signifique que algo importante está pasando. Creo a fuerza de lo que tú puedas creer o estar segura –aunque lo único de lo que se puede estar cien por cien seguros es que esto no es un sueño porque hay demasiados protagonistas; y si pensabas que la muerte al final de la vida era la respuesta, te contesto que aquella me recrea más interrogantes que tumbas seguras- que hice bien y mal al retirarme de una pelea que no existe. Y como espero, no entiendas la magnitud de estas antípodas proposiciones, intentaré explicártelas, aunque para mí resulte sencillo resumírtelas en verde y negro. Y por si lo piensas, la bondad y la maldad tornaron en mí un espíritu tenuemente contrariado al que nos hemos acostumbrado en sociedad, hasta por saciedad. E insisto, sólo tú sabes si has sido buena persona, nadie más. Yo soy un buen tipo, aunque mienta hasta en tu casa, pues andar con el corazón desprendido y zangoloteado sobre mis palabras, no es cosa de todos los días. Y para hacer de esta idea un ciempiés, todo y siempre guardan relación, y un siempre es un mal límite. ¿Todavía no lo entiendes? Y ahora que lo pienso, los límites también son malos. Y vale añadir lo subrepticio de mis definiciones. Complicadas y secretas. Como tú has aprendido a serlo, y como has tirado de una cuerda para alcanzar mis dedos, las venas y el final de lo que pienso.

Verde y negro. Si hubiese atendido las clases de semiótica tal vez te habría dibujado el signo en sus partes, pero no puedo. Para mí es sencillo pues sólo conozco tres formas de luces, el resto me descuida, por esa razón nunca escribiré sobre lo superficial de las flores. Intentaré describirte cómo deambulan y salpican las ideas por mi espíritu –todavía cargo rezagos de cristiano pero como un pan duro- El negro es noche, el lugar que hasta hace unos días intenté explorar contigo. Pero el negro es triste, la ceguera es negra, los gatos reales son negros, el negro es la soledad que me indujo a repartir simientes lejos de ti. El negro es la muerte que me desespera y de la que acabo de oír hace unos minutos. Negras son muchas pero la materia no importa. Dicha tonalidad me emociona, pero tú más, por lo que intentaré olvidar mis lunares y el espacio. Y la noche, y los viernes. El negro plantea lo malo de una gran parte de mi vida, misántropa por caprichosa. Es el verdadero motivo de mi seudo autismo. Y si sonríes con la aparente homosexualidad de los pensamientos, despreocúpate, también lo hice yo. El negro representa el acta de lo malo de mi partida, la misma “rutina” -sólo por utilizar una palabra “responsable”, pues la más humilde y sincera es otra, supongo la conoces-.
Y el verde, esperanza. Verdad y verde empiezan con VERD-, aunque creo que dicha raíz no existe. Verdad encontré encapotada en unas horas de mi cabeza. Y verde en rededor, creí mi esclerótica un momento de ese color, o menos blanca –el otro color que existe-Verdad y esperanza que no se enquistan y se alejan de la perfección que supuse inicialmente. Sin embargo, verdad al final de la razón. Las buenas intenciones que entendí a puntapiés del sol. Y ¿Cuáles son las razones? Las sé yo.

Nuevamente en mi cuarto, intento recodar qué es andar tú viva, yo vivo. Junto a las pistas y junto al tiempo. Escuchar hasta dentro que sonríes. Que no mascullas silencios, me gusta creerlo. Andar a tu lado, concertando un sueño para más tarde con tus sarcasmos tan certeros, con el resplandor que asoma de tus ojos. Imitar tu paso es contagiarse de la vida, dejar relegadas mis cuestiones de muerte. ¿Qué piensas? ¿Qué no piensas? El mundo da vueltas en un sentido que desconocemos, y pienso qué carrera daríamos en su contra, y contra los segundos que nos hacen más viejos, ¿A cuántos salvaríamos en el recorrido? ¿A cuántos descartaríamos por ser nocivos? Tú sonríes con la fuerza de los motivos de la luna para no abandonarnos. Quieres hacerte invierno, aunque no sepas lo que signifique. Hacerte fría, cuando la realidad es que es con el sol con quien compites. Quieres estar tan viva. Me pregunto si también gustarías conocerte la muerte. Podríamos compartir una y resucitar antes o después del tercer día. Y con la misma vehemencia hacer de ambas sombras, una, y compartir aquella como ya me hiciste hacerlo con lo que escribo. Sonríes otra vez, y también resollas lamentos, como todos los que quieren estar vivos.

Si es verde o negro, el dictador de turno no lo decidirá. Estoy en mi cuarto al lado de las hojas sobre las que progresivamente he escrito. Y sabes, agradezco a no sé quién aquello que llaman suerte –la definición no es la correcta- el haber tropezado con tu sonrisa. Camina, ambla, tuerce el paso, que también lo estoy haciendo yo. Busca con qué sonreír y si lamentas, recuerda que nuestro espacio –quizás más lejos, quizás más cerca- continúa aquel paso vago. Yo estoy sonriendo y la luna lo puede ver.

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