Es curioso como esa alma se desespera buscando salir del fluorescente apagado. Se ruboriza en una tonalidad verde, el verde más limpio que hay, por ello casi imperceptible. La luz de este aparato es blanca, se mancha en las paredes, se cuartea en los rostros, rellena mi habitación. Pero ahora está como en un sueño, y esa alma que contiene quiere escapar siguiendo el mismo movimiento de una brisa desesperada que atraviesa los resquicios de las puertas, los puntos ciegos en la vista. Esa alma no es luz, quiero pensar que es un alma, no quiero desilusionarme buscando la razón de su parpadeo incesante a lo largo del tubo que es como una cáscara de huevo, como esa especie de pleura huevera entre la cáscara y el contenido, descubrir que la magia no es magia sino un truco, que no es permisible en mi cuarto. El desencantamiento que sea más tarde.
¿Por qué un alma hiperactiva en un fluorescente? No sé, sólo observaba el techo buscando nada y me topé con ello. Apagué el monitor un momento para rastrearlo otra vez y acabo de descubrir que únicamente se bate en los extremos, entonces son dos almas, o del extremo a aparece en el b la misma hipocondríaca como a través de una puerta falsa. Como si esa distancia fuese una, sólo que el ojo humano observa la realidad seccionada como se la enseñaron y estos, porque sí, son dos polos opuestos. Arriba es siempre arriba, abajo es siempre abajo, por lo que no se puede bajar arriba, no se puede subir abajo. Y por ello nace eso de “aprende a hablar” cuando quieres “subir arriba” y “bajar abajo”. El mismo Word me ha corregido estas expresiones. Está mal decirlo, serrano, aprende a hablar. Serrano, repiten, serrano como si fuese algo malo, y ser serrano es malo, ser malo es ser serrano. Algo así. Supongo que esas expresiones no son pleonasmos, como sí lo es “te vi con mis ojos”. Y todo esto es una nimia cantidad de realidad con el punto inicial en el ¡bang! de un alma encarcelada en un fluorescente, en una habitación de un piso de una calle de una avenida de un distrito…. ¡big-bang!
“La vida no es hermosa, pero es original”. Escamoteo con torpeza el verso a Bryce que se lo escamoteó a un italiano que ni por foto conozco. ¿En qué momento la vida dejó de ser hermosa? No apruebo estas frase, pero intentando cumplir el rol del mal interpretador, supongo que fue en ese momento en que la realidad se antepuso a la vida, como si la sombra se adelantase a la persona, como cuando el reloj tiene segundos de ventaja. Tanta realidad ha enfermado al hombre y a la mujer, a la mujer y al hombre, incluso al perico, y a la rosa que palideció. Claro que esto no es un dogma, ni pretende serlo. Aquel día en que el hombre olvidó a dios consiguió cierta libertad, pues libertades hay muchas. A elegir el ser mediocre en el desayuno y en la cena, o por el contrario, a curtir valores a su organismo como si de ello dependiese su felicidad. Libertad a elegir, como en nuestra sistema de gobierno. El problema es que dios fue reemplazado por libertad en realidad, y la realidad es un fluorescente con dos únicos polos que acompasan la no libertad de un alma. La realidad consiguió que la vida no sea hermosa, pero que sea “original”. Y está de más explicar el por qué.
Sin embargo, como anoté previamente, no apruebo la frasecita que ondeó por mi cabecita un buen ratito. Sí, fue el motivo por el que alargué, incluso el mentón, hasta el techo que me separa del cielo madrugador de madrigal aún no escrito. ¿Por qué no lo apruebo? Porque no hay verdad que apruebe, ni la del dos más dos que es cuatro o veintidós, mejor cierto valor que me produzca una carcajada que estire mi ombligo hasta la siguiente tanda de risas y así, que escapen mis tripas por esta nueva gran puerta circular. Las verdades son limitadores, no hay verdad absoluta, vale que no. Por eso la realidad con sus axiomas de amalgamas que retorcerían la muela más malcriada, me son indiferentes como las mujeres hermosas cuando estoy enamorado de Una Mujer Hermosa, algo así. Y culos también hay en la realidad, y hay mucha mierda en la realidad. “¡Qué vulgar!”, me dijo. Vulgar es la realidad que ronda el absurdo, somos el vulgo, somos vulgares, somos reales, me ganaste la puesta. Hay una diferencia en el empleo, por ejemplo, de mierda. Muchas son reales, muchas son absurdas. Hace poco me decía una amiga que dejó la lectura de LA CIUDAD Y LOS PERROS por lo “vulgar” hasta la página treinta-y-tanto de la novela de Vargas Llosa. “¿Vulgar?”, pensaba, lo vulgar es que te sientes a trabajar hasta creerte que te gusta tu trabajo –acogiéndome a tu concepto de vulgaridad-. Utilicemos una palabra más bonita, quizá burdo o procaz, o no sé invéntate una frase para describir tu rechazo a lo que es lo real, a tu realidad. Si tu realidad es un culo, sí que estamos mal, pero peor es que sea un fluorescente apagado con dos almas parpadeando en dos polos opuestos, y que vulgar sea la zoofilia que te espantó de la novela.
...
¿Cómo niego la realidad? Fácil, me voy al absurdo como lo hago ahora. Es un distinto lugar desde donde veo al mundo andar, y quizá sea vulgar, pero me gusta pensar que la magia es magia, y que en mi absurdo el reloj pierde su ventaja. Luego escamoteo otros versos.
viernes, 23 de enero de 2009
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