sábado, 10 de enero de 2009

¿Pactaste con dueña muerte mi entierro?

Me pesa la glándula pituitaria, me enferma el alma, es como aquel instante entre el consciente y el sueño, ese ángulo cero donde la memoria se detiene ante el ojo de la aguja. Es lo que siento. Hasta hace unos ratos todavía quería andar vivo para seguir elucubrando fantasmas en forma de poemas, sin rimas ni métrica, ni siquiera con orden, escribir donde empieza el mundo el fin del camino con mayúsculas y entre tantos, sobrevivir con la correa de corbata. Sin embargo, las polillas remolonearon de repente, las piedras perdieron la lengua y la luna ya no es perfecta. Viró el termómetro, y más bien ahora surcan frente al cielo efímeras bicolores que renacen a la medianoche, más bien ahora la transubstanciación me parece posible, más bien ahora me aburren los poetas de palabras difíciles, más bien ahora ya no camino para pasear mi soledad sino para dejarla donde tú abandonaste la tuya. Ya no quiero versos de mentira, y eso me enferma, es lo que me mata. Mi cuerpo se había acostumbrado a conversar con ánimas, y ahora le das realidad cuando lo que quería era vivir inflando su ego y su rechazo a los demás, sujeto a las incongruencias de la ermita que construyó con empirismos, quería continuar parlando con piedras, con polillas, con quienes la atención no sea producto de la conveniencia, ni del consumismo. Me mata el hecho que hayas ingresado sin pedir permiso a mi línea, me mata el que hayas sido capaz de cambiarme el rostro, que cambies mis horas por segundos, mis días por sueños que podrían ser ciertos. Me mata con un balín en la frente y otro en la palma de mi mano derecha, me matas con vida y me despides con muerte.
Pactaste con ella mi entierro, y yo no quiero morir todavía. La muerte es una aventura a ciegas que me despierta cuando te imagino en el centro de mi mandala como el eje que da tantas vueltas sin caerse. Pisaste la línea y no fuiste descalificada, yo intenté safarme pero ya ves qué injusta es la muerte con quienes observan las noches y las madrugadas de soslayo, y luego, la muerte se viste de esperanza, y qué rictuas tan hermoso se dibuja luego de golpearme con su fusta de silencio no tan silencioso. No quiere morir todavía, aún no apago el sol ni esculpo dignamente una estrella. Tú quieres matarme, si no es de esta forma, sólo con un salto fuera de la línea lo harías o bien, lo haces ahora con tu indiferencia de niña.
Tienes los motivos para jugar conmigo, no seas malita, no lo seas, más bien sé la persona a la que quiero abrazar con lo que soy y luego después de tantos tiempos sin reloj, morirme contigo si es que antes no me das salvación.

1 comentario:

Rayén* dijo...

me pareció re lindo esto... me llenó de sewntimientos mezclados. lo escribiste muy bien, y leerlo justo cuando no ando tan bien en cierta manera me reconfortó, no sé por qué.
buenas noches, suerte =)