No puedo dejar mi sombra, es algo así como estar condenado a dejar huella o que las uñas y los cabellos crezcan. Es inevitable tolerar su inexpresión, incluso cuando rengueamos, o cuando nos ahogamos en "un río metafísico". Las sombras también se multiplican como por ensalmo, aunque en serio no sean tan mágica la operación, también crece o se reduce mientrás nosotros continuamos llevando el mismo cuerpo a la universidad y a cualquier lugar, el eterno mimo sin blanco que ensuciar. ¿Mi alma también tendrá sombra? ¿Mi sombra tendrá sombra? ¿Y qué es eso de "hacer sombra"? Este siamés oscuro no habla ni ríe, aunque quizás me dice que estoy sordo y sonríe cuando me pierdo en puertas. Quizás cuando duermo vive mejor que yo y quizás le doy lástima por lo que no se larga de una vez, o quizás es quien escribe en mi corazón lo que no cupo en mi cabeza, y me tiende la mano cuando la levanto para acariciar una estrella. Negativo, positivo. La sombra está allí y no puedo dejarla y no quiero hacerlo.
Ahora se proyecta en la pared y no sé qué andará haciendo, ni me importa con tal que no me apuñale ni me coloque un cartel en la espalda. No sé si también recordará, lo que yo sí recuerdo es que alguna vez soñé en una duda: que quizás la sombra soy yo. La locura.
domingo, 11 de enero de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario